El domingo en la noche me preparaba para partir el lunes al hogar Corporación Gradas, en el cual reciben niños de hasta dos años que están en abandono y por protección, ya sea porque hay violencia de sus padres, abuso, problemas sicológicos, entre otros.
- Ha!! Me carga hacer maletas!!, no sé que echar!
- Feña, cálmate, te vas por una semana ¿Qué tanto vas a necesitar?- me preguntó mi hermana
- ¡Mucho! ¿Si me vomitan las guaguas? ¿Si me mancho cuando las esté mudando? ¿Si me toca salir a algún lugar?...
Este fue un diálogo que tuve con mi hermana el domingo en la noche, cuando estresadamente hacía mi maleta. Con un dolor de guata insoportable no dejaba de preguntarme esa misma noche ¿Cómo será? ¿Cómo nos irá? ¿Seremos útiles? ¿Nos tratarán como a unas tías más?... sentía también nervio y miedo, porque iba a algo realmente nuevo, algo que jamás había hecho...
Mis primeros dos días me los sufrí. No podía entender el hecho de tener que estar 12 hrs. completas preocupándome de niños. Nunca lo había hecho, nunca me había tocado eso, por lo que me fue muy duro y difícil acostumbrarme, con ganas de llorar en cada momento del día y con alegatos estúpidos.
- ¡Estoy chata! ¡Qué desagradable no tener nuestro propio espacio y una cama para descansar!
- Es verdad, pero trágate todo eso y no alegues más, no sacas nada con alegar- Me decía V.D, una de mis acompañantes en este gran desafío diario de quejas y reclamos.
Pasó el lunes... pasó el martes y yo me sentía igual. Lo único que quería era que fuese sábado para poder volver a mi casa, a mi espacio propio, mi cama y mi baño, ¡Mis cosas! No quería seguir ahí. No sé si por miedo, pena, desesperación....sólo sé que quería irme...
Ya el miércoles, empecé a tener conciencia de lo que realmente hacía en ese lugar; Ayudar, ayudar y ayudar. Salir de mi rutina, también salir de mí misma, entregarme completamente a los demás, dejar de preocuparme por mí y preocuparme por otros. Fue ahí cuando empecé a sentirme como en mi casa, a encariñarme con los niños y con las tías, ¡Cuál de todas más simpática! se nota que realmente quieren mucho a los niños y que dan lo mejor de ellas a ellos. Los desayunos con las tías y también los almuerzos, las salidas al hospital (me tocó una vez) y a los controles de los niños (me tocó dos veces). Me ayudó mucho también ir a misa ese día. El jueves lo disfruté, entre más tareas me daban las tías, más feliz era yo porque quería darles todo a esos niños tan tiernos y cariñosos, no despegarme de ellos hasta tal punto que mis compañeras me gritaban para que saliera de la pieza de los niños medianos ya que era la hora de dormir.
El viernes a las 4:00 tenía hora al doctor que no podía perder, por lo que me fueron a buscar al hogar para ir al doctor y luego volver. ¡Qué cambio! Salí de un hogar en providencia en dirección a La Clínica Las Condes. Cada vez más cerca del objetivo y lejos de la partida, más incómoda y rara me sentía. Salir del hogar tan simple, chiquitito, lindo, en donde lo más y único importante son los niños para entrar a un mundo rutinario y cómodo, en donde lo más importante muchas veces son estupideces. Al llegar a la clínica, noté el gran contraste entre ésta y un hospital ¡Guau!, realmente impactante... También me fijé mucho en que todas las mamás que entraban a la clínica traían a sus guaguas en grandes y modernas sillas y coches. Bien vestidos, muy abrigados. En el hogar, llevan a los niños a la posta a control en brazos y en taxi. Nada más, solo eso. Al salir, lo único que quería era volver al hogar, sentía que había perdido mucho tiempo que podría haber sido para los niños.
- Ya, mamá terminamos. Porfa llévame al hogar.
- Feña, ahora vamos a ir con la Trini (mi hermana) a comprar zapatos a romano, tú necesitas zapatos no tienes.
- No, yo no quiero zapatos, ya tengo. ¡Porfa sólo quiero irme al hogar!
¡No quería volver a esa rutinaria vida! que el zapato, que tu pelo, que el doctor, que la ropa nueva, que la hora para la depilación.... Sentía que nada de eso me llenaba como el estar en el hogar...
El sábado en la mañana nos preparábamos para partir a las 12.00 hrs. a nuestras casas. ¡Qué triste y mal me sentí al darme cuenta que todo había terminado! Que simplemente volvería a mi casa a seguir viviendo igual que siempre. A tener como centro nuevamente mi Yo, ese Yo egocéntrico y muchas veces superficial.
Ya había tomado conciencia y me había dado cuenta de eso, ahora estaba en mis manos el crecer como persona o estancarme como tal, como si esa experiencia hubiera sido una más en mi vida que queda ahí. Decidí tomar la opción primera, crecer como persona y levantarme cada día consciente de lo que existe fuera de mis cuatro paredes y no olvidarme nunca que entregándose a otros es como se puede sentir paz, lleno interiormente y tranquilo...
Esta fue una de las experiencias más lindas que me ha tocado vivir y que aportó mucho en mi vida. Saber que afuera hay tanta gente que necesita ayuda, apoyo, cariño... Dejar de pensar en mí, en mi bienestar sino en el de los niños, a tomar conciencia de lo que pasa a mi alrededor, entre otras cosas.
El personal que trabaja en el lugar es excelente. Se portaron muy bien con nosotras, nos trataron como unas tías mas y no me queda más que agradecerles por todo.
Por otra parte, la casa me encantó, es muy bonita y bien arreglada. Se nota el interés y el cariño de todos los que trabajan ahí por los niños. ¡La higiene! quedé impresionada por eso. La preocupación de las tías por los niños, cuando uno a uno empezaron a enfermarse.
Realmente quedé impresionada y al mismo tiempo admirada por todo el trabajo que hacen para con los niños, tomarlos como hijos propios y darles un techo donde vivir, ¡Acogerlos con una alegría y preocupación inmensa! eso no lo hace cualquiera... realmente Dios debe estar inmensamente agradecido con todos los que día a día salen de sí mismos y dejan sus propias vidas para tomar esas pobres y tiernas vidas ajenas que tanto necesitan de nosotros....
miércoles, 9 de julio de 2008
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